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Desde el hospital de Trieste

Página 12, 26 de julio de 2012

Una de las cosas que hace diferencia en salud mental es el modo de considerar a un sujeto que sufre, y en consecuencia, de concebir la causa de ese sufrimiento. Exceso de medicación y rotulación de los pacientes fueron dos rasgos llamativos.

Por Milena Marro*

Llegué a Trieste en el año 2000, al poco tiempo de haberme graduado de psicóloga, dispuesta a concretar la propuesta de un voluntariado de seis meses en el Departamento de Salud Mental dependiente de La Azienda Sanitaria Triestina. Me dirigía entonces al lugar, donde el manicomio había abierto sus puertas por primera vez. Sí, en Trieste no hay manicomios. Hay otras cosas, pero no manicomios. Trieste me ha dejado su marca, desde distintos lugares. Por un lado por haber sido uno de mis primeros acercamientos a la práctica clínica; con la particularidad de estar en otro país, con otra lengua, y en un sistema de salud un tanto diferente. Pero fundamentalmente era la posibilidad de pensar con otros; a menudo en los equipos de trabajo de cada unidad operativa, y en particular con mis compañeros del voluntariado, cuando llegábamos a nuestro querido Ex OPP (Ex Ospedale Psichiatrico, que funcionaba entonces como casa de los voluntarios). Y en este pensar con otros, se fueron generando lazos que hoy persisten, ligados con particular afecto.

 

Lo interdisciplinar tenía su expresión en diversos actores: psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros, técnicos en rehabilitación, voluntarios, entre otros. Así, aportar desde diversas miradas a la construcción del caso, era algo inicialmente viable y con frecuencia logrado.

 

Por entonces, varias cosas me llamaron la atención. Y si bien es probable que algunas hoy las piense distinto, otras, no solo las pensaría del mismo modo, si no que seguramente me seguirían sorprendiendo.

 

En primer lugar, a veces resultaba difícil diferenciar quién era quién. Quién el paciente, y quién parte del equipo. En segundo lugar, la atención era, o al menos pretendía serlo, para todos. Desde el que llegaba en situación de crisis, vestido con sus mejores ropajes, y que gozaba de un poder adquisitivo acomodado, hasta aquel que vivía en algún centro de alojamiento. Sin dudas, que el paciente no tuviera un lugar para vivir, y un modo de sustentarse en la vida, no era un dato menor. También entraba dentro de la respuesta a la demanda de atención, y se hacían intentos de hacer algo con eso. Lo mismo, con la posibilidad de que algunos pudieran en algún momento, insertarse en un trabajo.

 

Otras de las cuestiones a resaltar era que, aún siendo una experiencia originada en Italia, había equipos del sur del país, que se acercaban por primera vez, en el año 2000, a los fines de conocer de qué manera se trabajaba allí.

 

Por otro lado, estar en el primer mundo y particularmente en el lugar pionero, como lo había sido allá por el 78', no le quitaba por ello complejidad al asunto.

 

Recuerdo uno de los psiquiatras que me decía: "como verás, problemas tenemos en todos lados". Así, siendo que la complejidad es algo propio de este campo, y que son tantas las variables intervinientes, resulta muy difícil a mi modo de ver, decir si un lugar es tanto mejor que otro.

 

En cambio creo que una de las cosas que hace diferencia, es el modo de considerar a un sujeto que sufre, y en consecuencia, de concebir la causa de ese sufrimiento; lo cual implica necesariamente un modo de pensar y de ejecutar la práctica. Sin embargo, eso solo no resulta suficiente. En este sentido, que el padecimiento psíquico se explique por una alteración en los neurotransmisores se diferencia radicalmente de otro posicionamiento, que atienda al lugar de la historia, el deseo inconsciente y la responsabilidad de cada quién; además de los factores socio﷓económicos, políticos, culturales y biológicos.

 

Asimismo, había tres cosas que me hacían bastante ruido. Primero, el estatuto de la clínica, y el cuerpo teórico desde el que se pensaba la cuestión. En este sentido, yo tenía la impresión, compartida con algunos compañeros, de que muchas veces en el racconto diario de los hechos, se dejaba de lado la dimensión clínica del asunto. Segundo, que el psiquiatra era el que tenía siempre la voz de mando, por sobre las demás disciplinas. Y tercero, el lugar del fármaco, tanto para los profesionales como para los pacientes. Cabe destacar que un alto porcentaje de usuarios concurría diariamente a recibir su medicación.

 

Así, en este contexto, en la mayoría de las situaciones con las que me encontré, había cierta adherencia que me resultaba llamativa. Y no con poca frecuencia se producía lo que yo en aquel momento consideraba, un exceso de medicación; es decir, el lugar preponderante que el fármaco tenía, en la valoración sea a priori, o a posteriori, de alguna mejoría. Pero lo que más me resultaba amenazante era el quedarse pegado a la no deseada rotulación; depresso; schizofrenico, constituían denominadores comunes, en ocasiones obturadores de cualquier otra posibilidad subjetiva, sin atender a la singularidad de cada caso. Y fundamentalmente no había, por lo menos en cuanto a lo que fue mi experiencia, una práctica desde el Psicoanálisis para tomar parte en la reflexión del caso, y en las intervenciones terapéuticas. Por el contrario, este era para algunos profesionales, algo "obsoleto" y "unidireccional".

 

*Psicóloga; Master en Psicoanálisis (UNR). milemarro@hotmail.com. Fragmento del artículo De Trieste al Hospital; del Hospital al barrio. Trabajos habilitantes. Lazos posibles, publicado en Revista Psicoanálisis y el Hospital.

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